Journey.

Hola, buenas, soy Mich, un desgraciado que está participando en el taller de escritura mensual de lanavesonda.com que encontraréis en este enlace: http://lanavesonda.com/taller/taller-escritura-ejercicio-1-contacto/ y, dicho esto, aquí mi creación:

Miré el reloj con un desprecio semejante al que Dios debe de sentir por una creación de tan mísero calibre como el humano. Lo estampé contra la pared de un solo manotazo y el condenado dejó de sonar. Me senté al límite de la tela y apoyé mis codos en mis muslos, para acariciarme el rostro. Las cicatrices de una batalla de la cuál fui el último superviviente no se cerraban. Me levanté y me dirigí al cuarto de baño de la Nave de Guerra Individual Storm, creada y financiada por el ejército de los Estados Unidos de la Tierra. Acaricié el parche con forma de bandera de mi hogar que llevaba en mi pantalón. Sentí un escalofrío. Sonreí cómo un estúpido del siglo XX sonreiría por el rancio y acabado nacionalismo. Orgullo y honor. Eso buscaban los soldados en las guerras. Dinero y sangre inocente. Eso buscaban los gobiernos en las guerras. Dejé de acariciar el parche. Miré mi cara en el espejo sucio. Me sentía tan vacío. Tan solo.

La Storm flotaba en la inmensidad espacial, yo dormía tres horas por cada día en el calendario terrestre, el resto del tiempo, observaba cómo el ordenador trazaba una ruta según la cercanía. ¿Una ruta para qué? Una ruta para encontrar los planetas que pudieran albergar vida. Después de la Batalla de las Galaxias, todos, absolutamente todos los organismos inteligentes del universo habían muerto o desaparecido a través del tiempo.

Las Galaxias eran un cúmulo de sistemas solares inmenso. Y, en su epicentro, había grandes agujeros negros, los únicos agujeros negros que podrían permitir viajar a través del tiempo. Y comenzaron a cobrar interés, porque no todos tenían esas capacidades. Ya no por la imaginaria humana de cambiar la vida individual de cada uno de los organismos, sino porque nuestro universo se estaba rompiendo. Nuestra parcela en el espacio-tiempo se rasgaba  a cada momento que pasaba. Todas las galaxias querían utilizar sus agujeros negros para huir a otro tiempo y lugar. Pero, claro, no todos eran aptos.

La muerte de nuestro universo se hizo evidente cuando la brecha en el tejido espacio-temporal se tragó a más de tres cuartos de las galaxias y ya solo quedó un agujero negro con la propiedad de realizar viajes en el tiempo y en el espacio al que acudir; al de la Galaxia Negra de Farandhil. Un centro oscuro, con unos colores rojizos extremos, pues era antigua y la mayoría de sus soles ya eran rojos o habían muerto.

La brecha en el universo avanzaba incansable, incluso algunas razas que intentaron llegar, fueron engullidas por la muerte más absolutamente aterradora; la eterna espera de la nada en la nada. Cuándo llegaron los humanos, mi raza, demasiados especímenes se encontraban ya en el lugar. Legiones enteras. Miles de millones de miles de millones de individuos reunidos alrededor de un gran anillo que miraba la escena impasible. Oscuro. Moribundo. Las naves comenzaron a dispararse las unas a las otras. Fuego. Muerte. Cuerpos flotando en la inmensidad. Explosiones. Sangre.

Todas las especies que había allí en aquél momento podrían haber pasado por el orificio espacio-temporal. Solo faltó haber escuchado y acordado. Pero dio igual, pues la brecha se nos echó encima. Aquello fue una matanza. Organismos del mismo planeta masacrando a sus semejantes solo por entrar en un agujero negro que les llevaría a solo el destino sabe dónde. Un todos contra todos. Al final, los supervivientes de las naves que no se estrellaron con suficientes fuerzas para escapar  consiguieron adentrarse en la oscuridad de un universo agonizante.

Yo me desperté bajo una pila de cadáveres blandos, duros, pequeños y grandes. Metralla y escombros nos cubrían, más lo que hubiese debajo de mí. Salí del montón impregnado de sangres de todos los colores. Lo que vi… Un océano de cadáveres. Fuego, gemidos y llantos. Sangre por todas partes. Individuos echados sobre un gran manto de dios sabe cuántos metros de densidad de cuerpos. Y todos estaban muertos. Todos habían caído del cielo, cómo yo. Alcé la vista al cielo.

Vi la brecha con mis propios ojos; la muerte me miró a la cara. Corrí cómo pude sobre los muertos en la dirección contraria, como si esa maldita cosa no estuviera preparada para engullirme y conducirme al olvido. Qué bonita escena. Entonces, cómo si algo no quisiera que el universo muriera conmigo, topé con una nave. No era de mi planeta. No estaba totalmente inutilizada, cómo las que vi explotando, ardiendo o hechas chatarra mientras corría. Me pareció suficiente. Subí y me guié por el instinto. Apreté el botón más grande que vi. Accioné la velocidad luz por ciertos pistones aleatorios de los muchos que accioné mientras gritaba y lloraba. Me alejé lo suficiente del agujero cómo para poder respirar y asumir que estaba viviendo de prestado. Cuándo paré, la grieta universal se alcanzaba a ver de fondo; justo donde no había estrellas.

Reaccioné. Reflexioné. Y decidí. Conseguí volver a mi hogar. Retorné a la Tierra. Pero aquello solo era un solar sin vida que salvar. Robé esta nave, la Storm, la única que quedaba en un hangar abandonado. Salí de mi planeta con proyecto de no volver jamás.

Ahora deambulo por el universo, sin saber cuánto queda para mi muerte, buscando otras formas de vida.

Escupo tras estar tosiendo en la pila del baño. Sale sangre. Saliva mezclada con sangre. Se escurre por el metal. Y yo río. Miro la sangre y empiezo a reírme. Pensarlo me hace ser más feliz. Sea cómo sea, ya no hay salvación para mí. Un cáncer de pulmón es un cáncer de pulmón aquí y en cualquier extracto espacio-temporal. Al menos me he llevado al reloj por delante antes de morir.

Me permito la licencia del humor. Un moribundo puede hacerlo. Mientras, camino hacia la sala de mandos. Necesito un rumbo. El ordenador me da una ruta hacia el siguiente planeta con posible vida. Callo unos segundos. Y medito. Reflexiono sobre si lo que realmente quiero es eso. Si de verdad lo último que quiero hacer en mi vida es buscar a algún pueblo perdido, hacinarlo en una nave minúscula y lanzarlos a algún agujero negro con la esperanza de que los astrónomos que se marcharon tiempo atrás estuvieran equivocados y, realmente, cualquier agujero negro tiene la propiedad de conectar universos.

Cancelo la ruta del ordenador. No es lo último que querría hacer. No quiero hacer que nadie me siga a una muerte segura escapando de una muerte aún más segura. Le pido al ordenador que me describa la palabra ‘bonito’. Una definición genérica. Le pido que me describa la ‘naturaleza’.  Otra más. Le pido que me defina ‘vida’. Es incapaz de crear una descripción válida.

Vuelvo a reír. Dos de los últimos organismos o formas inteligentes de un universo con vida y ninguna de las dos sabe definir lo que tiene. Vida.

Me arrepiento y le pido al ordenador que recalcule la ruta hacia planetas con posible vida en ellos. Me da la información y pone rumbo al primero. Mientras tanto, decido estudiar el cosmos.

Miro las luces en la oscuridad. Cómo todas ellas, en algún momento pudieron albergar vida en sus proximidades. Ahora solo esperan a la muerte.

Recuerdos. Todos se agolpan en mi mente y me hacen tambalearme sobre la cubierta.

Recuerdos.

Comienzo a ver claro cuándo era un niño. Recuerdo las ciudades. Recuerdo los prados y las montañas. El repicar del agua contra la roca desnuda. El tacto del musgo y de las briznas de hierba. El sonido del aire zarandeando las hojas de los árboles. Recuerdo el trigo. El canto de los grillos en las noches de verano y el ulular del búho en las de invierno. La sensación que podría sentir un pájaro al volar. La falta de necesidad que tenía de posarse en el suelo. La independencia.

Por fin lo comprendí.

La vida es sentirse vivo. Y la única manera de sentirse vivo, es explorando todas las posibilidades individuales, exprimiendo los gustos personales hasta la última gota.

La vida es felicidad.

Y, a las puertas de la muerte, aprendí lo que significaba la vida.

Abrí los ojos. Seguía de pie, frente a la cristalera que daba al vacío. Una lágrima brotó de mi ojo. Me la limpié. Sonreí. Me alegraba poder sentir y recordar los buenos momentos cómo si fueran reales o pudieran volver a ocurrir. En mi situación, claramente la esperanza era una distracción. Algo que solo me haría aferrarme desesperadamente a la primera salida que viera. Así que maté mi esperanza para poder sobrevivir. Me conformé con mis recuerdos. Me conformé con un pasado, puesto que mi tiempo se acababa.

El tiempo transcurría y yo no podía descansar ni un solo momento. La espera me mataba. Aunque el hecho de respirar, también me mataba, pues agotaba mis reservas de oxígeno. Pedí al ordenador que me despertara cuando alcanzáramos el planeta que estábamos buscando. Me introduje en una cápsula de hípersueño para hacer todo menos sensible para mí.

El ordenador me despertó.

Habíamos llegado a un planeta. Pedí unos cuantos datos al ordenador. La atmósfera era muy similar a la de La Tierra. Podríamos haber vivido aquí. Haber colonizado esta roca perdida en la inmensidad. El ordenador recalcó un dato; había agua en estado líquido y en la superficie. En forma de ríos, lagos, océanos y mares. Eso, por alguna razón, me hizo sonreír.

Le pedí que me diera algunos datos más, cómo la presión atmosférica, la temperatura media y el clima de la zona donde habíamos aterrizado.

Todo parecía perfecto.

Entré en la sala que me conduciría a la superficie. No me puse traje espacial. No lo necesitaba.

El ordenador me lo aconsejaba. Pero me importó poco. Se abrió la compuerta. La luz natural entró de golpe por la primera rendija y casi abrasa mis retinas. El sonido de apertura que la compuerta emitía era poco agradable, pero aquella vez me sonó a los ángeles celestiales que las religiones citaban.

La puerta chocó contra el suelo, que era ligeramente embarrado. Comencé a caminar, cubriéndome con el brazo, creando una especie de visera con la cual el sol no me quemara los ojos. Mis pies iban desnudos y el frío del metal era incómodo al tacto de mi piel. La trampilla se convirtió en un plano inclinado. Bajé despacio, hasta que, por no querer dejar de vivir, me abalancé sobre el suelo y caí sobre una arena embarrada cálida y húmeda que mis pies hicieron suya, a la que se adaptaron rápido. Abrí los ojos. Lo vi todo más claro que nunca.

Los árboles eran gigantescos. Las lianas los interconectaban. El marrón oscuro, fuerte y rígido de la corteza combinaba a la perfección con el azul claro, celeste y líquido de los arroyos, que, a su vez, se intercalaba con el rosa palo de las hojas. Y volví a notarlo. El aire. El viento soplando en mi rostro, acariciando mi pelo.

Sonreí cómo un necio que había vuelto a creer en la vida. Y, de repente, lo vi.

A lo alto de una colina, un árbol solitario. Un precioso símil de lo que sería un Sauce Llorón en mi hogar. Esa estética lánguida. Ese agitar tranquilo del aire contra las hojas.

Olvidé que la muerte me había rodeado.

Olvidé mi necesidad de vivir.

Porque se había convertido en una realidad.

Comencé a caminar hacia el árbol sobre la colina.

La hierba del prado que actuaba como antesala a una reunión que días atrás no habría ni imaginado me acariciaba los pies. Lo vi jactarse sobre su vigor, su fuerza, su altura y belleza.

Lo vi restregándoles a los demás árboles que él era único. El mejor.

Por alguna razón, lo veía así de magnífico. Lo veía cómo un dios.

Me insuflaba vida.

Me acerqué, estaba a su lado y las hojas eran demasiado altas como para tocarme.

Seguí caminando bajo su sombre y me senté en las raíces del árbol, pero, por algún motivo, un magnetismo brutal agitó y golpeó mi cabeza contra la corteza, haciendo que empezara a repasar mi vida a una velocidad pasmosa, viendo cada maldito recuerdo con todos los detalles, incluso el color del jarrón de la sala de estar con el que mi madre mataría a mi padre años después, los sentimientos se agolpaban en mi interior, lo notaba, el árbol había accedido a mis recuerdos, tenía algún tipo de capacidad telepática, lo que implicaba que yo podría acceder a sus recuerdos, sentir lo que él sentía, lo que había sentido años atrás y lo que iba a sentir antes de morir.

Se estaba comunicando conmigo a través de sentimientos. Noté el frío del invierno de aquel planeta y cómo la nieve que cubría todo era amarilla por algún componente de la atmósfera. Sentí la lluvia, de alguna manera más fría que la de mi hogar. Intuí lo que era un peligro cuando el sol golpea con demasiada fuerza y se lleva muchos días sin poder alimentarse. Y, de repente, la soledad, la carencia de afecto, las noches de dos preciosas lunas llena haciéndose compañía en la inmensidad espacial. El dolor seguía siendo una realidad a las puertas de la muerte. El sufrimiento que creemos tan humano se extrapola fácilmente a otras criaturas.

Mi mente se abrió de golpe a una infinidad de experiencias en cuanto conocí toda la gama sentimental del árbol y, de golpe, entré en una especie de espacio astral, encontrándome desnudo, frente a una inmensa e inexplicable gran cantidad de colore convergiendo, creando tonos que jamás habría podido imaginar. Una voz profunda me hablaba. Mientras me sentía aliviado. Libre. Flotaba. El planeta estaba vivo y se comunicaba conmigo. No hablábamos el mismo idioma, pero, ¿no son los sentimientos universales?

Y, allí, acostado en un árbol, flotando en un plano astral, conociendo sentimientos, colores, recuerdos e ilusiones de todo un planeta de vegetales, viviendo más que nunca, me encontré con la muerte. La oscuridad engulló el planeta y no quedó nada de mí físicamente. Pasé a un plano astral diferente. A una dimensión superior. Un plano de existencia fuera de cualquier posibilidad científica y me transformé en un sentimiento para conseguir vivir eternamente.

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